El Arte Barroco
Las Meninas (1656), de
Diego Velázquez, Museo del Prado, Madrid.

Barroco: un concepto polisémico
Por otro lado, frente al
Barroco como un determinado período de la historia de la cultura, a principios
del siglo XX surgió una segunda acepción, la de lo «barroco» como una fase
presente en la evolución de todos los estilos artísticos. El primero en otorgar
un sentido estético transhistórico al Barroco fue Heinrich Wölfflin
(Kunstgeschichtliche Grundbegriffe, 1915), quien estableció un principio
general de alternancia entre clasicismo y barroco, que rige la evolución de los
estilos artísticos.
Contexto histórico y cultural
La grave crisis económica a
todo lo largo del siglo XVII afectó especialmente a las clases más bajas.

El estilo barroco

El arte barroco se expresó
estilísticamente en dos vías: por un lado, el énfasis otorgado a la realidad,
al aspecto mundano de la vida, a la cotidianeidad y el carácter efímero de la
vida, y que se materializó en una cierta «vulgarización» del fenómeno religioso
en los países católicos, y en un mayor gusto por las cualidades sensibles del
mundo circundante en los protestantes; por otro lado, una visión grandilocuente
y exaltada de los conceptos nacionales y religiosos, como una expresión del
poder, que se traduce en el gusto por lo monumental, lo fastuoso y recargado,
el carácter magnificente otorgado a la realeza y la Iglesia, a menudo con un
fuerte sello propagandístico.
El Barroco es la cultura de
la imagen, donde todas las artes confluyen para crear una obra de arte total,
con una estética teatral, escenográfica, una mise en scène que pone de
manifiesto el esplendor del poder dominante (Iglesia o estado), con ciertos toques
naturalistas pero en un conjunto que expresa dinamismo y vitalidad.
Una de la principales
características del arte barroco es su carácter ilusorio, artificioso: «el
ingenio y el diseño son el arte mágico a través del cual se llega a engañar a
la vista hasta asombrar» (Gian Lorenzo Bernini). Se valora especialmente lo
visual y efímero, por lo que cobra auge el teatro y los diversos géneros de
artes escénicas y espectáculos: danza, pantomima, drama musical (oratorio y
melodrama), espectáculos de marionetas, acrobáticos, circenses, etc. Existe el
sentimiento de que el mundo es un teatro (theatrum mundi) y la vida una función
teatral: «todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros
actores» (Como gustéis, William Shakespeare, 1599). De igual manera se tiende a
teatralizar las demás artes, especialmente la arquitectura.
El arte barroco buscaba la
creación de una realidad alternativa a través de la ficción y la ilusión,
tendencia que tuvo su máxima expresión en la fiesta, la celebración lúdica,
donde edificios como iglesias o palacios, o bien un barrio o una ciudad entera,
se convertían en teatros de la vida, en escenarios donde se mezclaba la
realidad y la ilusión, donde los sentidos se subvertían al engaño y el
artificio. En ese sentido tuvo especial protagonismo la Iglesia
contrarreformista, que buscaba con la pompa y el boato mostrar su superioridad
sobre las iglesias protestantes, a través de actos como misas solemnes,
canonizaciones, jubileos, procesiones o investiduras papales.
Durante el Barroco, el
carácter ornamental, artificioso y recargado del arte de este tiempo traslucía
un sentido vital transitorio, relacionado con el memento mori, el valor efímero
de las riquezas frente a la inevitabilidad de la muerte, en paralelo al género
pictórico de las vanitas. Este sentimiento llevó a valorar de forma vitalista
la fugacidad del instante, a disfrutar de los leves momentos de esparcimiento
que otorga la vida, o de las celebraciones y actos solemnes. Así, los
nacimientos, bodas, defunciones, actos religiosos, o las coronaciones reales y
demás actos lúdicos o ceremoniales, se revestían de una pompa y una
artificiosidad de carácter escenográfico, donde se elaboraban grandes montajes
que aglutinaban arquitectura y decorados para proporcionar una magnificencia elocuente
a cualquier celebración, que se convertía en un espectáculo de carácter casi
catártico, donde cobraba especial relevancia el elemento ilusorio, la
atenuación de la frontera entre realidad y fantasía.
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